Cultura

La última hazaña: los tres días de Apolo 17 que cerraron la era lunar

Hace exactamente 50 años, un geólogo, un comandante y un piloto completaron la misión más larga y productiva del Programa Apolo. Desde entonces, ningún ser humano ha vuelto a pisar la Luna. Qué dice esa ausencia sobre nuestro presente.

Publicado el 23 de julio de 2026, 12:05 hs

Astronautas del Apolo 17 caminando sobre la superficie lunar polvorienta con la Tierra al fondo
La Nación — Lifestyle

Hace cincuenta años, el 7 de diciembre de 1972, un cohete Saturn V despegó de Cabo Kennedy llevando a tres hombres hacia la Luna en lo que sería la última vez que humanos pisaron otro mundo. Eugene Cernan, Ronald Evans y Harrison Schmitt pasaron poco más de tres días en la superficie lunar, recolectaron 110 kilos de rocas y dejaron huellas que siguen intactas porque no hay viento ni agua que las borre.

El Programa Apolo terminó ahí, casi como si la humanidad hubiera decidido que con llegar era suficiente. Desde ese 14 de diciembre de 1972, cuando Cernan subió por última vez la escalerilla del módulo lunar Challenger, nadie más ha vuelto. Medio siglo después, la hazaña sigue siendo tan extraordinaria como inquietante.

Cernan era el comandante, un tipo con aspecto de piloto de pruebas que ya había estado en el espacio dos veces. Evans, el piloto del módulo de comando, se quedó orbitando la Luna mientras sus compañeros bajaban. Y Schmitt, el científico, era geólogo de profesión: el primer —y hasta ahora único— científico profesional que pisó la Luna. Su presencia cambió el carácter de la misión. Ya no se trataba solo de plantar una bandera y volver; se trataba de hacer ciencia de verdad en un lugar inhóspito.

Pasaron 75 horas sobre la superficie. Recorrieron más de 35 kilómetros en el rover lunar, tomaron miles de fotografías, instalaron experimentos que todavía envían datos y, sobre todo, trajeron muestras que siguen estudiándose hoy. Algunas de esas rocas tienen más de 4.000 millones de años y contienen pistas sobre cómo se formó el sistema solar.

Pero más allá de los números, lo que queda de Apolo 17 es una sensación extraña. La misión fue un éxito rotundo, casi perfecto. Y sin embargo marcó el final abrupto de un proyecto que, apenas tres años antes, había logrado lo imposible. El interés político se evaporó, el presupuesto se recortó y la atención pública se desplazó hacia otros problemas terrestres. La Luna quedó atrás como un capítulo cerrado de la Guerra Fría.

Hoy, cuando hablamos de volver a la Luna con el programa Artemis, lo hacemos con un tono distinto. Ya no es la carrera contra los soviéticos. Es, más bien, un intento de retomar algo que dejamos pendiente. Empresas privadas, agencias espaciales de otros países y hasta planes de bases permanentes aparecen en las noticias. Pero el contraste con 1972 es evidente: lo que entonces fue una proeza colectiva de una nación ahora parece un esfuerzo fragmentado, lleno de plazos que se corren y presupuestos que se discuten.

Cernan, que murió en 2017, solía decir que había dejado la Luna “tal como la encontré: hermosa, desolada y tentadora”. Schmitt, a sus 87 años, todavía defiende la idea de que volver no es opcional si queremos convertirnos en una especie multiplanetaria. Evans falleció en 1990. Los tres forman parte de un club minúsculo: los últimos humanos que vieron la Tierra entera desde la distancia de otro cuerpo celeste.

Mirar las fotos de Apolo 17 hoy produce una mezcla de admiración y melancolía. Hay algo en esas imágenes —el rover cubierto de polvo lunar, las huellas nítidas, la Tierra colgando baja en el horizonte negro— que habla de un momento en que fuimos más audaces. No porque los humanos de entonces fueran inherentemente mejores, sino porque las condiciones políticas, culturales y hasta imaginativas permitieron que un proyecto de esa escala existiera.

El hecho de que medio siglo después sigamos sin repetir la hazaña dice tanto de la Luna como de nosotros. Dice que fuimos capaces de lo extraordinario y que, por razones que tienen más que ver con la Tierra que con el espacio, decidimos no continuar. Dice también que la nostalgia por Apolo no es solo por los cohetes o los trajes espaciales, sino por esa sensación breve y colectiva de que los límites podían correrse.

Mientras las misiones no tripuladas siguen llegando —China, India, Japón, empresas privadas—, la pregunta sigue flotando: cuándo, y sobre todo por qué, volveremos a mandar personas. Apolo 17 no fue solo la última misión lunar tripulada. Fue, hasta ahora, la última vez que nos atrevimos a dejar la comodidad de nuestro planeta para caminar en otro.

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